Cuentos de gente que lee demasiado

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  • Nadie intentará sacar beneficios económicos del blog sin compartirlos con el resto (el Adsense ese, vamos).
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  • Sólo la persona que escribe un capítulo lo puede modificar, indicando (con colores) las modificaciones. El resto puede sugerir cambios en los comentarios del capítulo.
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  • Cada capítulo tiene que intentar seguir la trama del anterior y, excepto el último, dejar abierto el final para que se pueda continuar
  • Se indicará el último capítulo por parte del escritor del mismo.
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viernes, septiembre 29, 2006
El fin del crepúsculo. Capítulo y 8. Amor eterno
Bajé dando tumbos, intentando no caerme en la acequia en la que el agua corría cristalina. Me sentía como si me hubieran gastado una broma de mal gusto, la respuesta que tanto había anhelado no me hacía sentir alivio, me trastornaba aún más. No podía ser, no tenía sentido, no era racional...

Maldita sea, no tenía ni pies ni cabeza, era Marta, la niña dulce que preparaba galletas cuando íbamos a su casa, la chica amable que me paraba siempre que nos cruzábamos y me preguntaba por mis estudios, la muchacha dicharachera que me animaba cada vez que llamaba a su hermana y contestaba ella al teléfono. Joder no, ella los mató, lo ha admitido, no le des más vueltas.

Me volvían a temblar las piernas, decidí sentarme junto a la puerta de las Granadas. Cerré los ojos he intenté aclarar mi mente. "¡Estamos predestinados a estar juntos! Juntos, como en nuestra anterior vida. ¿Es que no te acuerdas?" Era absurdo, pero no podía dejar de darle vueltas a su estúpida frase. Pero si era tan estúpida, ¿por qué había removido algo en mi interior? Recordaba la primera vez que la había visto, hacía muchos años, un primer día de clase de la mano de su hermana mayor... sentí algo abrumador, pero.... pero... Joder, soy idiota Lo asocié con la persona equivocada, no era a Claudia a quien me quedé mirando ese día... fue a Marta, había algo en ella que me era familiar, algo tan fuerte que entonces no supe comprender.

De un salto me puse de pie y empecé a correr cuesta arriba. ¿Cómo había sido tan estúpido? ¿Por qué había obviado lo que tenía delante de mis ojos? La reconocí, entonces la reconocí, pero era muy joven y no lo entendí, nos encontramos demasiado pronto. Aunque ella sí lo comprendió y cuando quiso ayudarme a entenderlo, lo tomé por detalles con un buen amigo de su hermana, no como las muestras de interés y amor que eran. Después de los asesinatos, intentó hablar conmigo, pero yo era tan egoísta que no fui capaz de ver su dolor, su amor, y... había conseguido que se fuera a otro país. Corre idiota, corre, antes de que se vaya por otros cinco años.

Cuando llegué a la Puerta de la Justicia no había nadie. Avancé arrastrando los pies, lamentándome por mi error y entonces, la vi. Rodeado por un círculo carmín, su cuerpo yacía en el suelo, cerca del lugar donde la había dejado, con un cuchillo clavado en el pecho. La rodeé con mis brazos y noté su calor, sentí el latido de su corazón. Todavía estaba viva.

— Marta, mi niña, mi amor, lo siento, no me había dado cuenta, yo... — las lágrimas se me agolpaban en los ojos y en la garganta y me impidían hablar.

Lentamente, abrió los ojos y me sonrió:

— Al fin lo has entendido — susurró casi sin aliento—. Ahora soy yo la que se ha equivocado, pensé que no comprenderías nunca, me rendí.

— No, no te preocupes, llamaremos a una ambulancia, te pondrás bien — dije mientras intentaba en vano detener la cascada de sangre que salía de su pecho.

— Estamos juntos y eso es lo importante.

— No hables, reserva fuerzas. Te necesito conmigo, no te marches, aguanta.

— No voy a ningún sitio sin ti, simplemente estoy esperándote, para que vayamos juntos — con un movimiento apenas perceptible abrió la mano —. Ten, mi último regalo.

Miré el cuchillo que había dejado caer en el suelo. Durante un segundo no la entendí. Pero era lógico, ya que nos habíamos encontrado sólo teníamos que recorrer el siguiente tramo del camino, juntos. Cogí el cuchillo y lo acerqué a mi pecho. Bajé la vista hacia Marta, que apoyada sobre mis rodillas, sonreía rodeada por un halo de paz. Por fin era feliz y yo también.

Fin
Escrito por Miauz @ 5:30 p. m.   3 comentarios
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